El 18 de enero de 2019, la vida de José Guadalupe cambió para siempre en Tlahuelilpan. No buscaba combustible, buscaba rescatar a un familiar.
*Siete años después, su cuerpo cuenta la historia de una tragedia que no termina: lleva 110 cirugías y aún le faltan muchas más para no perder la vista.
*Mientras las misas en San Primitivo lucen vacías y los políticos que prometieron “apoyo integral” ya no aparecen, sobrevivientes como José luchan contra puertas de hospitales que se cierran y empleos que les niegan.
18 de enero. Una fecha que quedó marcada con fuego en la memoria de Hidalgo y de todo México. Han pasado siete años desde que el suelo de San Primitivo, en los límites de Tlahuelilpan y Tlaxcoapan, se convirtió en un infierno.
Este domingo 18 de enero, el silencio fue el protagonista. Las misas, que antes congregaban a cientos de familias unidas por el luto, lucen cada vez más vacías. Los políticos, tanto federales como estatales, que alguna vez saturaron este lugar con promesas de justicia y apoyo integral, han dejado de venir. El reclamo de las promesas incumplidas se volvió un eco incómodo para quienes hoy ostentan el poder.
En aquel entonces, el gobierno federal prometió que nadie quedaría desamparado. Se habló de becas, de pensiones por discapacidad y de atención médica especializada permanente. Pero la realidad de los sobrevivientes hoy es otra: muchos ni siquiera tienen acceso a las becas del Bienestar y las puertas de los hospitales han comenzado a cerrarse.

José Guadalupe es originario de Tlahuelilpan. Su vida cambió a los 22 años. Ese día, no buscaba combustible; buscaba rescatar a un tío intoxicado por los gases. En el caos, cayó a la zanja. Perdió a su hermano de 17 años y, desde entonces, vive un calvario médico que parece no tener fin.
“Llevo 110 operaciones. Y aún faltan bastantes… la reconstrucción de mi cara, mi ojo, la prótesis, oídos, pelo, los dedos de las manos. Me dicen en un hospital que ya hicieron todo, me mandan a otro y de ahí me regresan al anterior. Nadie me da respuesta.”
La tragedia de José no terminó con las llamas. El estigma social y la falta de apoyo gubernamental le han cerrado las puertas del mundo laboral. Sin vista en un ojo, con movilidad limitada y el riesgo constante de perder la visión total por una infección, la búsqueda de empleo es una humillación constante.
“Es difícil encontrar trabajo ya que me ponen muchos pretextos por el ojo, por las manos… no quieren problemas de que me vaya a poner mal. Yo antes era chofer de un voltero, trabajaba a diario. Ahora, sobrevivo de algún trabajo de limpieza que puedo hacer y gracias a mis padres.”

“A las autoridades les digo que no nos olviden, que se tienten un poquito el corazón. Lo que más me importa es la reconstrucción de mi ojo, porque por medio de esa infección podría hasta perder la vida. No nos dejen al olvido.”
La explosión de Tlahuelilpan no terminó el 18 de enero de 2019. Sigue ocurriendo cada día en la vida de quienes, como José Guadalupe, luchan por una cirugía, por una beca negada o por un espacio en una sociedad que prefiere olvidar.
Siete años después, las heridas siguen abiertas y la justicia sigue siendo una promesa que se evapora, igual que el combustible aquella tarde trágica.












