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JOYAS DEL MEZQUITAL: LA PARROQUIA DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL, UN BALUARTE DE CANTERA, FE Y MEMORIA EN ATITALAQUIA

UN BALUARTE DE CANTERA, FE Y MEMORIA EN ATITALAQUIA
UN BALUARTE DE CANTERA, FE Y MEMORIA EN ATITALAQUIA

Por: José Alejandro Torres Castañeda

ATITALAQUIA, HGO. — En el Valle del Mezquital, donde la aridez del paisaje se quiebra ante la persistencia de los agaves, el pasado indígena y el esplendor virreinal se funden en un solo cuerpo de piedra. En pleno centro de este municipio, se levanta un gigante arquitectónico que ha custodiado la memoria de su gente por más de cuatro siglos: la Parroquia de San Miguel Arcángel, una obra cumbre del barroco novohispano del siglo XVIII y uno de los pocos testimonios puros de este estilo en el estado de Hidalgo.

A simple vista, su monumental fachada de cantera rosada y grisácea delata algo más que fervor religioso; habla, ante todo, de una antigua bonanza económica. Durante los siglos XVII y XVIII, las crónicas virreinales ya daban cuenta de una intensa actividad ganadera y agrícola en la zona. “No cualquier comunidad se podía dar el lujo de tener una iglesia labrada en cantera”, explica el párroco local, José Miguel Martínez Villafuerte. Los recursos fluyeron gracias a la tierra y la materia prima brotó de las propias entrañas del municipio, cuyas minas de cantera, ubicadas a escasos cuatro kilómetros, proveyeron los bloques para levantar el actual templo.

Una transición histórica

A diferencia de los icónicos e imponentes conventos de Tula, Tepeji o Tlahuelilpan, administrados por la orden franciscana, Atitalaquia ostenta un hito en la geografía eclesiástica de la región: junto con la comunidad de Mixquiahuala, se convirtió hacia 1563 en una de las dos primeras parroquias seculares de la zona.

 Esto significó el retiro de los frailes para dar paso a un clero secular, encabezado por un cura doctrinero dependiente del obispado.

El edificio actual es, en realidad, una segunda estructura. El templo primitivo del siglo XVI, de menores dimensiones y de manufactura franciscana, fue demolido casi en su totalidad para dar paso al esplendor barroco. Sin embargo, las piedras originales no se perdieron; fueron reutilizadas como cimientos y mampostería. En los muros posteriores de la actual parroquia aún se aprecian, a manera de cicatrices históricas, relieves indígenas con motivos de astros, el sol y la luna, mudos testigos del sincretismo cultural.

Teología labrada en piedra

En el barroco novohispano, la fachada de una iglesia funcionaba como un gran Lienzo Teológico que emulaba la antesala del Paraíso. La abundancia de relieves vegetales y flores esculpidas en la cantera de San Miguel Arcángel recibe a los feligreses junto a un programa iconográfico perfectamente definido.

En el cuerpo superior presiden los tres arcángeles bíblicos: San Miguel al centro, escoltado por San Rafael con un pez a la izquierda y San Gabriel a la derecha.

En la parte inferior, la devoción popular y los intereses de la época quedan al descubierto. Del lado izquierdo se ubica Santa Bárbara, identificable por la torre que sostiene en sus manos, abogada celestial de los agricultores locales contra los rayos y los malos temporales.

A la derecha, en un contraste que el párroco atribuye a la devoción particular de algún antiguo benefactor, aparece San Luis Gonzaga, patrono de los jóvenes seminaristas. Entre las columnas salomónicas sobresalen además relieves de granadas gigantes —símbolo de la unidad de la Iglesia— y en la piedra angular del arco de la puerta, una pieza sumamente inusual en las fachadas mexicanas: la figura del Niño Dios, en alusión al pasaje evangélico de Juan: “Yo soy la puerta; el que entre por mí, se salvará”.

Al cruzar el umbral, la simbología bautismal nos recibe a través de la concha, signo de purificación e inicio de la vida cristiana. Aquí reposa un vestigio prehispánico modificado: una antigua pila labrada con restos visibles de pintura original de la época, posiblemente extraída de grana cochinilla.

El interior del templo resguarda tesoros de un valor histórico incalculable. Una pequeña capilla dedicada al Santísimo Sacramento conserva una bóveda intacta del siglo XVI con frescos originales oscurecidos por el tiempo, la prueba arquitectónica definitiva de la primera edificación.

A unos pasos, resguardado en su urna, descansa el “Santo Entierro”, la escultura más antigua del recinto. Se trata de un Cristo pasionario del siglo XVI confeccionado con pasta de caña de maíz, una refinada técnica prehispánica procedente de los talleres del Valle de Texcoco o Pátzcuaro. Al ser extremadamente ligero, permitía que un solo hombre cargara la pieza en procesión. Además, sus brazos y cuello son articulados mediante goznes de piel original de la época, una obra diseñada para el dramatismo de las representaciones litúrgicas de la Pasión.

Sin embargo, el secreto más profundo de San Miguel Arcángel se encuentra bajo tierra. Rompiendo los esquemas comunes de las iglesias de la comarca —que carecen de este espacio—, la parroquia posee una cripta subterránea ubicada exactamente debajo del altar mayor. Ahí, en el sitio considerado más sagrado según la tradición paleocristiana, descansan los restos del sacerdote Justo Núñez Villaseñor (sepultado en 1898) y del benefactor Valentín Flores, cuyos nombres permanecen grabados en lápidas decimonónicas.

Hoy en día, la comunidad eclesiástica no solo lucha contra la intensa humedad del subsuelo provocada por un pozo que corre debajo de los cimientos, sino también contra el olvido. En las habitaciones de la antigua casa cural, cuyos muros de gran grosor datan del siglo XVI, se trabaja a contrarreloj en el rescate y catalogación de su Archivo Histórico.

Este acervo documental, que inicia en 1613, promete abrir una ventana inédita a la vida colonial del Mezquital.

Entre páginas carcomidas por el tiempo, especialistas y locales desentierran actas de un valor civil y judicial extraordinario: desde dispensas matrimoniales de castas hasta juicios coloniales por hechicería en los que los antiguos curas fungían como jueces de la Corona.

 La Parroquia de San Miguel Arcángel se consolida, así como un tesoro vivo del patrimonio de Hidalgo. Un monumento donde la fe, el arte barroco y los secretos de la historia virreinal permanecen grabados de manera imperecedera sobre la roca.

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